“Ocurrió hace 50 años, más o menos. Sobrevivió. Fueron pocos los que lo consiguieron. Este tuvo suerte. O quizás es que tenía que ser así. El incendio arrasó con todo, pero los robles son fuertes, ¿sabes?”. Me lo cuenta como si él mismo hubiese estado allí, cosa imposible, ya que en aquella época todavía no se había planteado siquiera el trasladarse a ese rincón escondido de un pueblecito como Pobes. Aunque a sus 70 años se desenvuelve con soltura entre zarzas y espinos, la edad deja huella y se sienta a descansar. Observo el roble que tanto admira este hombre. Alto, elegante. Con más de cien años todavía tiene ganas de vivir, no se da por vencido por mucho que empiecen a asomar ramas secas, negras, muertas. Es curioso lo unidas que pueden llegar a estar la vida y la muerte.
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